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Una obra indispensable para los defensores de la vida. Se trata de un drama en tres actos, cuyo autor es Jose Mª Velo de Antelo. "En los actos y en un crescendo de diálogos dramáticos, se enfrentan y se delinean las dos parejas; Cada una tiene una visión diversa del problema hasta conducirnos a un final que es... ¡Un canto a la vida!" (Prólogo de Paloma Gómez Borrero). Ediciones Grafite. |

Vídeo promocional de la obra de teatro "Yo soy Inocente"
Yo soy Inocente
DRAMA EN TRES ACTOS
José Mª Velo de Antelo
Prólogo de Paloma Gómez Borrero
Decía Juan Pablo II que detrás de cada mujer que aborta, está el egoísmo de un hombre que no ha sabido quererla, apoyarla, comprenderla. Nadie duda que el aborto para casi todas las mujeres, -yo me atrevería incluso a afirmar que para toda mujer-, es, aunque lo escondan bajo mil pretextos, un tremendo dolor y un trauma que oprime el corazón y la conciencia.
"El hombre no es el dueño de la vida, es el custodio, el administrador, y la mujer, la cuna donde el Creador deposita su tesoro", comentó en uno de sus discursos Benedicto XVI. Todas estas reflexiones me han venido a la mente leyendo la obra teatral de José María Velo de Antelo en la que plantea una situación, en el contexto de una sociedad donde se ha legalizado la interrupción de la maternidad y es podríamos definir de "manga ancha". La obra plantea el problema de una pareja a la que un embarazo no deseado le desmorona sus planes y no están dispuestos a sacrificar por un hijo su independencia, su comodidad. Él lo tiene muy claro. ¡No quiere a ese ser inocente que es carne de su carne! A ella le envuelve la duda y le asaltan los miedos; rechaza la maternidad ayudada por el cinismo, la frivolidad, el egoísmo de una amiga. ¡Va a matar al niño que lleva en sus entrañas!
En los actos y en un crescendo de diálogos dramáticos, se enfrentan y se delinean las dos parejas; cada una tiene una visión diversa del problema hasta conducirnos a un final que es... ¡Un canto a la vida!
"Yo Soy Inocente" hace comprender, en toda su verdad, que el aborto es la derrota del hombre y de la sociedad civil; que se sacrifica la vida de un ser humano indefenso, por cobardía, por desconfianza, para perseguir un mal entendido bienestar.
Pero antes de que se levante el telón quiero terminar con Teresa de Calcuta, apóstol de la vida y de la caridad; la religiosa universal que decía siempre, "no abortéis, dadme a mí ese hijo que no queréis que nazca." A Madre Teresa la encontré un día en el aeropuerto de Fiumicino; acababa de bajar del avión de Air India. Llevaba en los brazos a un niño muy pequeño y otro, de unos seis años, se agarraba al sari blanco bordeado de azul, el habito de la fundadora de las Misioneras de la Caridad. Eran dos pequeños abandonados en las calles de la Ciudad del Infierno a los que había encontrado un hogar, una familia. "Madre Teresa -le aconsejé al verla ya tan anciana, agotada de cansancio, enferma- debería cuidarse, no hacer vuelos largos... además ¡con dos niños pequeños. Seguro que le habrán dado el viaje!"
Madre Teresa me sonrió, con aquella sonrisa suya desarmante que al igual que su mirada desprendían amor y paz. No olvidaré nunca sus palabras. “¿Cansada? ¿Cansada de amar a mis pobres? ¡Jamás! - me contestó.- Cómo me puedes decir eso querida Paloma, cuando llevo en mis manos... ¡dos pedacitos de Dios...!"
Señoras y señores. LA FUNCIÓN ESTÁ A PUNTO DE COMENZAR. MEDÍTENLA.
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Introducción
Cuando se trata de los derechos fundamentales de la persona, se destaca el derecho a la vida como el más primario y elemental, como punto de partida de todos los demás. Así aparece en las Constituciones democráticas de las naciones, donde los derechos de la persona incluso se enumeran para no dejar lugar a la duda. Sin embargo, este derecho a la vida, bien definido en cualquier Constitución, es luego modificado por posteriores disposiciones legales que, en lugar de insistir y aclarar los conceptos definidos en la Constitución democrática, la desvirtúan, como ocurre en la española con la llamada interrupción voluntaria del embarazo, contradiciendo abiertamente el espíritu de la Constitución. Así nace el aborto voluntario, el crimen contra la persona más indefensa, el bebé que ya existe y que es persona desde el momento de la concepción.
Al entrar en el siglo XXI, es difícil que cualquier persona, incluso la más inculta, no entienda que el proceso de la vida se inicia en el instante de la concepción y termina con la muerte, cuando ya en el Derecho Romano se protegía al concebido y no nacido, e incluso se establecían sus derechos sucesorios.
La naturaleza es apasionante, y no digamos entrar en su intimidad. La vida de las plantas, de los pájaros, de los peces en las profundidades del mar, las leyes de los astros, son fascinantes, pero la vida del ser humano es la más maravillosa del entero universo. Las células de nuestro cuerpo -miles de millones de células-, son mil veces más numerosas que las estrellas del firmamento y, sin embargo, se forman a partir de una chispa microscópica, en solo nueve meses. Lucía Barrochi escribe en texto que se difundió en cinco idiomas, con más de cuatro millones de ejemplares vendidos: “Hay que reconocer que esa chispa, la célula-huevo fecundada en el seno materno, es una maravilla ante la que habría que ponerse de rodillas”. Las células son partículas microscópicas, vivas y autónomas, formadas por miles de millones de moléculas siempre activas; respiran se alimentan, reaccionan a lo que está a su alrededor; su vida puede ser más o menos larga. Las células nerviosas resisten muchos años; otras, sólo pocos días.
En palabras de Lucía Barrochi, cada célula humana tiene un núcleo que contiene exactamente cuarenta y seis cromosomas. Consisten en millones de moléculas llamadas genes, o caracteres de la herencia. De estos genes y de cómo se combinan entre sí, dependen las características que nos distinguen: el sexo, la estatura, el color de los ojos… El encuentro del óvulo y el espermatozoide tiene lugar en el cuerpo de la mujer. El óvulo es una única célula, pequeña como la cabeza de un alfiler, a pesar de ser la célula más grande del cuerpo humano; casi una célula gigante, porque lleva consigo el alimento para las primeras necesidades del nuevo individuo.
Los espermatozoides son millones y están llenos de energía, pero sólo uno de ellos podrá atravesar la pared de la célula-huevo. La célula-hijo, fruto de esa unión, tendrá cuarenta y seis cromosomas, veintitrés proporcionados por el padre y veintitrés por la madre. Y aquí llegamos al momento mágico de la fecundación: nace el protagonista, y nunca nacerá otro igual a él. Irrepetible como sus huellas digitales, como su código genético. Con la chispa de la concepción surgió un proyecto de un inmenso programa con miles de millones de datos. Algo que ningún ordenador podrá elaborar jamás.
En estos momentos no hay una sola célula de la madre que rechace al ya hijo. La Madre lo acoge y lo nutre. El niño, porque ya lo es, afronta la vida. Pero el día en que fue concebido, el día en que realmente nació a la vida, pudo ser también el día trágico en que la plaga del aborto le sentenció a morir de la manera más cruel, indigna e ignominiosa. La maldad de unos padres que asesinan el fruto de algo tan maravilloso y único que habían creado. El aborto es la mejor definición de la “ cultura de la muerte”, como dijo Juan Pablo II en la Encíclica Centesimus Annus. Aquí, el Papa convoca a los cristianos para que tengan un comportamiento de franqueza y coraje, y den testimonio a favor de la “cultura de la vida”.
Por cuanto antecede, el legislador tiene que lograr que el ordenamiento jurídico proteja la vida humana desde el momento de la concepción. La acción de los legisladores es esencial. No sólo para evitar la muerte de tantos inocentes, sino también para que la democracia no se transforme en totalitarismo. Cuando los Estados, dice Michel Schoayens, se arrogan el derecho de distinguir entre vidas humanas que tienen un valor y otras que no, están avanzando en el camino más atroz del totalitarismo. Los más de cien mil abortos habidos y consentidos en España en el año 2.006, definen bien a las claras lo que somos. Tratemos de luchar contra ello, sabiendo a qué grupos políticos tenemos que apoyar, y haciendo caso omiso al llamado mal menor o voto útil, que no es más que la pura cobardía que no quiere ni pensar en el inmenso horror del aborto.
A veces hay que ponerse la mano en el corazón y comprender que el que calla otorga, y más si apoyamos a quienes no respetan los más elementales principios morales y éticos. Y si eres cristiano, mira el dedo acusador del que siendo inocente y débil acabó en el cubo de la basura. Ese es el mensaje que trato de hacer llegar con mi obra de teatro.
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Acto Primero
(Transcurre en la sala-cuarto de estar de un piso de ambiente social de clase media, donde los jóvenes Ana y Juan viven con desahogo. Decorado propio de lo descrito. Se levanta el telón y aparece Ana sentada ante la mesa camilla. Lee un periódico en voz medio alta, para sí.)
Ana: Una Asociación pro-vida pide una disposición legal para que la palabra feto sea sustituida por niño. De esta manera se salvará la vida de muchos condenados al aborto, pues hay madres que son engañadas al explicarles intencionadamente mal lo que es un feto. También han solicitado que los fetos abortados o muertos en el vientre de la madre sean inscritos en el Registro Civil como cualquier otro ciudadano. Finalmente que sean enterrados en un cementerio o incinerados. Bueno, pues están listos. Hay que ser ingenuos. Buena gente, sin duda, pero viven en la luna. Seguramente no se han enterado de que lo que aquí se quiere es más aborto, contra más mejor, y lo que salga del vientre, pues ya se sabe, a la basura. Somos muy cafres. Antonia, ¿puedes venir?
(Antonia es la asistenta de la pareja Ana y Juan)
Antonia: ¿Me llamaba? Me parecía que estaba usted hablando sola. Yo, cuando me enfado, y lo hago a menudo, porque motivos tengo, también largo alguna barbaridad con ánimo de consolarme, aunque no sirva de nada. Pero bueno, me figuro que no es ese su caso.
Ana: Te llamaba, Antonia, porque estoy esperando a mi amiga Julia. Ya la conoces. Por favor, saca alguna bebida de la nevera, por si le apetece tomar algo. Por cierto, la próxima semana tengo que ir al médico, ya te diré el día para que vengas cuando yo no esté, por si llaman de mi oficina. En cuanto falto se ponen nerviosos. ¡Qué gente!
Antonia: No piensan que cuando una no va al trabajo, será por algo.
Ana: Tienen manía persecutoria, y todo por unos pocos euros, que son los que luego te doy a ti para que vengas a limpiar, pero que me permite salir de casa, trabajar algo y pasarlo bien con mis compañeros en esos desayunos largos que tanto molestan a mi jefe. El pobre no hace más que currar y, cuando no hay trabajo, se lo inventa.
Antonia: Por Dios, qué señor. Con lo bien que se pasa sin dar golpe, haciendo que una va de compras como una gran señora, aunque luego vuelva a casa con las manos vacías.
Ana: Dice que en casa se aburre como una mona y que le hubiera gustado tener muchos hijos, pero que ya está claro de que padre no será. Por eso no hace más que decirme la suerte que tengo de que pronto seré mamá. Cometí el error de decir a una amiga que estaba embarazada y ya lo saben todos. Si él supiera.
Antonia: Pobrecillo. Yo le comprendo, y es que nunca llueve a gusto de todos.
Ana: Así es, y en mi caso me va a caer un auténtico chaparrón. Pero dime, ¿podrás venir?
Antonia: No se preocupe que vendré a la hora que me diga. Y la visita al médico, ¿tiene que ver con su embarazo?
Ana: Acertaste. Pues sí. Ya sabes que he decidido abortar.
Antonia: Lo sabía, pero me costaba trabajo creerlo. Aquí más bien falta que sobra un niño, digo yo.
Ana: Lo haré más que nada por complacer a Juan. Ya viste cómo se puso el otro día. Estaba realmente furioso y no me gusta verle así. No quiere ni oír hablar de tener un niño y hemos decidido dejarlo para más adelante, para cuando nos venga mejor. A ti, ¿qué te parece?
Antonia: Qué se yo. Es muy complicado. No entiendo que necesiten estar mejor que ahora, pues no me parece que les falte nada. Mi amiga Paula ya ha abortado dos veces y dice que se tolera bien, que no duele mucho. Ahora ya toma las pastillas y hace bien, porque una nunca sabe cuándo le apetece un tío y luego la lía. Hay que estar prevenida y aprender a no meter la pata, que ya somos mayorcitas.
Ana: Tienes razón. Mucha razón. Fíjate en mí, en el lío en que me he metido. Vivía tan contenta y un buen día se me fue la cabeza. Hay que ser imbécil y tener poco talento, aunque, como dice mi hermano José, tampoco se trata de eso, porque el amor de un hombre y una mujer no puede estar sometido a cualquier método anticonceptivo. Según él, repugna a la moral.
Antonia: Eso es lo que dice mi párroco, que el fin del matrimonio es tener hijos y educarlos en la ley de Dios. Que la cosa es así, salta a la vista. Hasta yo lo comprendo, sin necesidad de que nadie me lo explique. Lo que pasa es que hoy en día hay mucha guarrería, a la que llaman amor.
(Suena el timbre. Antonia va a abrir la puerta, mientras Ana se acerca. Aparece Julia, mujer frívola y de la misma edad que Ana).
Julia: Hola Antonia; Ana, cuánto me alegra de encontrarte tan bien. Cada día estás más guapa. Vamos, de llamar la atención. Ya me dirás lo que haces, para ver si te puedo copiar en algo.
Ana: Qué buena amiga eres, Julia. Siempre tan simpática y cariñosa. Eres única.
Julia: No, es cierto. Tienes una cara preciosa, y dicen que la cara es el espejo del alma, que, en tu caso, es bendita y buena.
Ana: Eres un encanto, pero no te dejes llevar por las apariencias. No, te equivocarías. Por si acaso, no me gusta mirarme en el espejo. Tengo miedo de no gustarme. Es más, estoy segura de que me espantaría. Tú ya me entiendes. Estaba deseando que vinieras.
Julia: Qué tonterías dices. Bueno, quería hablar contigo antes de que fueras a mi médico, para darte un poco de tranquilidad, aunque ya sé que no lo necesitas. Tienes una gran entereza, pero pensé que sería bueno que habláramos un poco, a no ser que te aburra, porque, en realidad, tampoco hay nada que contar de muy especial.
Ana: En absoluto, Julia. Antonia, trae las bebidas, por favor. Te agradezco mucho que hayas venido. Siéntate y cuéntame lo que te parezca que debo saber. Yo soy nueva en esto y claro, estoy hiperestresada, que es como decir que tengo una palpable excitación nerviosa, como es natural. Supongo que te has dado cuenta. ¿Qué quieres tomar?
Julia: Pues… un zumo de naranja, si lo tienes. (Ana se lo sirve.) Gracias. Pues no, te digo, con toda franqueza, que no aparentas ni la más mínima tensión, lo que es muy lógico, pues no hay nada que temer. Mira, el doctor es un encanto de hombre y un gran especialista. Es muy famoso. Yo creo que hasta podría hacer la intervención con los ojos vendados.
Ana: Bueno, lo que me cuentas es positivo.
Julia: Sí. Raro es el día que no tiene que practicar un aborto. Conmigo estuvo de lo más simpático. En cuanto le pides algo, trata de complacerte. Es muy correcto. Eso sí, es algo caro, pero merece la pena. A mí me dejó muy bien y lo cierto es que me recuperé enseguida. Y Juan, ¿está más tranquilo?. Supongo que a estas alturas se le habrá pasado el mal humor. Los hombres siempre nos culpan a las mujeres. Por lo visto les seducimos y caen como tortolitos. Pero bueno, seguro que ya estará más razonable.
Ana: Pues sí, aunque no ve el momento de acabar con esta historia. La verdad es que actuamos como colegiales y ahora hay que deshacer el entuerto. Juan dice que mientras no nos casemos no quiere saber nada de convertirse en padre, y la verdad es que eso de casarse es muy serio.
Julia: Yo tenía entendido que ya os habíais decidido.
Ana: Todavía es un poco pronto. Se está mucho mejor así, sin mayor compromiso. Al menos, Julia, eso es lo que nosotros creemos. Hoy he leído que cada cuatro o cinco minutos se deshace un matrimonio, y con el divorcio a la carta que se han inventado, pues no te quiero contar. Están locos. Quieren acabar con la familia y lo conseguirán si no hay una reacción fuerte ciudadana.
Julia: Sí, la verdad es que tiene poco sentido. Legislan en contra de lo que quiere la mayoría del pueblo.
Ana: Comprenderás que es para que lo pensemos bien, a pesar de lo mucho que nos queremos. En fin, bastante desagradable es el asunto de mi aborto, pero el que la hace la paga y de nada vale lamentarse. Pero es muy duro el precio que hay que pagar, y, según Juan, no hay más remedio que pasar por todo este sacrificio, si es que lo queremos resolver a nuestro antojo.
Julia: Ten serenidad Ana, porque te aseguro que no hay motivo para estar preocupada.
Ana: Pues yo sí lo estoy, y cada día más. Qué quieres que te diga.
Julia: Te gustará el médico y te dará toda la confianza que puedas necesitar. Abortar es hoy tan común como ir al dentista y, si me apuras, menos molesto y más rápido. Eso sí, te dará un papelito diciendo que tu estado psicológico no es el adecuado para tener un niño y que, a petición tuya, procede la interrupción del embarazo. Algo por el estilo. No puede ser más sencillo.
Ana: Qué rabia me da. Aquí estoy como una tonta cualquiera. En fin, no queda más que aguantarse y ser más lista en el futuro. Esto me servirá de lección.
Julia: Pues sí. (Mirando el reloj.) Bueno Ana, perdona, pero ya me tengo que ir. No sabes lo mucho que tengo que hacer todavía. Ya hablaremos largo cuando visites al médico. Saluda a Juan de mi parte y dile que no pierda la sonrisa, que esto tiene fácil arreglo. De sobra lo sabe él.
Ana: (Ya en la puerta, despidiendo a Julia.) Un abrazo también para Pedro. Hasta pronto. (Llama a Antonia.) La experiencia de Julia, que abortó hace dos años, me tendría que servir de algo, pero no, casi me ha puesto más nerviosa. Es tan frívola y ligera. No comprende el castigo moral que estoy sufriendo. Para ella todo vale si está acorde con sus intereses, y vive tan feliz. No hay nada que la perturbe. Su egoísmo no tiene límites.
Antonia: Pero señora, usted es que se ahoga en un vaso de agua. No se engañe ni sea cobarde. La escena que va a representar, niño sí o niño no, es el pan nuestro de cada día. Lo mejor que puede hacer es reflexionar seriamente, y ya verá, pienso yo, que sabrá tomar una determinación acertada. La decisión es suya y ahí si que hay que estar atenta, porque lo importante es atinar para no pasarse el resto de la vida aborreciéndose y muerta de asco. Pero una vez que tome la decisión, a olvidarse toca, y ya el futuro se encargará de sentenciar.
Ana: Me gusta tu sencilla manera de pensar, Antonia. Se ve que eres una persona decente y honrada, pero me parece que tus palabras tratan de darme ánimo, sin que estés nada convencida, ni que apruebes, lo que voy a hacer. Eres una buena persona, de eso no tengo la menor duda, pero en tus palabras trato de adivinar algo que no te atreves a decirme. Eres muy lista y discreta, aunque en esta ocasión me parece que has hablado con bastante claridad.
Antonia: Pues ya ve usted. En el colegio se empeñaron en que no tuviera formación humana ni religiosa. Lo hacían a posta. Hay que tener malas entrañas. Cualquier barbaridad era tolerada y hasta festejada. Pero a estas alturas de la vida ya tengo pocas dudas de lo que tengo que hacer.
Ana: No me cabe la menor duda. Eres muy responsable.
Antonia: Ahora hay que respetar todo, dicen; hasta lo malo si es preciso, siempre que sea lo políticamente correcto. El que se inventó eso de políticamente correcto debía ser el más tonto de la clase. Menuda cretinez. Por lo que parece es el santo y seña de la democracia, pero yo sabré siempre a qué atenerme y tomaré con responsabilidad mis decisiones, como usted, que tuvo una buena formación, deberá saber tomarlas ahora. Y si es políticamente incorrecto, pues que se joroben los que nos quieren tomar el pelo. Faltaría más. Bueno, si no quiere nada más, me marcho ya para casa, que se hace tarde. Hasta mañana.
Ana: Adiós, Antonia. Hasta mañana. Me quedo pensando en todo lo que has dicho, que no ha sido poco. Hasta mañana.
(Cambio de escena. Se abre la puerta exterior, que se supone da al descansillo de la escalera del piso, y aparece Ana que regresa de la visita al médico, con aspecto de cansada y disgustada. Se deja caer triste en una butaca, y medita unos segundos hasta que aparece Antonia, que viene de la cocina.)
Antonia: Por fin, señora, ¿Cómo ha tardado tanto? Ya estaba preocupada. Como usted pronosticó, no dejaron de llamarla de la oficina. Querían saber dónde se había metido.
Ana: Supongo que les dirías que debajo de la cama. Qué te voy a contar. He tardado, porque la consulta estaba a tope. Aquello parecía una reunión de señoras y jovencitas con caras de sonrojo y vergüenza, aunque también las había muy descaradas y desenvueltas, no te creas, pero eso sí, con la decisión firme y terminante de abortar.
Antonia: Pobres chiquillas, víctimas del botellón y de la droga. Esas sí que me dan mucha pena.
Ana: La verdad, Antonia, es que pasé vergüenza ajena, al ver a niñas de catorce y quince años que también hacían su turno para ver al médico. Sus madres comentaban los consejos que darían a sus hijas para que no volviera a ocurrir. Una lloraba porque quería tener a su hijo, pero la madre la fulminaba con la mirada. Me produjo mucha tristeza, pobre criatura, pero no había opción. Allí no mandaba la posible madre sino la que sería abuela, que estaba dispuesta a no tener un nieto. Habría que haber visto como era la puritana señora en sus años mozos, porque su desplante era más bien de señora de vida airada, por decirlo de manera fina.
Antonia: Con tan malas entrañas nada bueno podía haber sido.
Ana: Bueno Antonia, que vengo hecha unos zorros, deprimida y asustada por lo que vi. Había mucha miseria, mucha trampa y mentira, y como decía una joven graciosilla, que en plan jocoso se llamaba “despenalizada”, la ganancia del abortero debía de superar a la del mejor galáctico del fútbol. Bromas aparte, aquello parecía la antesala de la muerte, y prefiero, Antonia, no seguir hablando, porque, créeme, estoy muy acongojada.
Antonia: La comprendo señora. La comprendo muy bien, porque también mi madre quiso abortar, aunque, por fortuna, no tuvo éxito. Se quedó con las ganas, aunque ahora diga que da gracias a Dios por el fracaso que le ha permitido vivir feliz con su hija. Cualquiera se lo cree, aunque yo hago como si fuera cierto, por más que la apariencia es buena y no puedo negar que soy bien querida.
Ana : ¿También tu madre? ¿Y de ti ? No te lo puedo creer. Lo has soñado.
Antonia: Sí, de mí. Me lo dijo ella. Me lo explicó con todo detalle. La gente humilde es más espontánea y no se anda con remilgos a la hora de sincerarse.
Ana: Pero qué dices. Estás loca de remate. Me cuesta mucho creer lo que estás diciendo, pero no puedo poner en duda tu palabra. Comprendo que tiene que ser cierto.
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Antonia: Sí, es como le he dicho, pero el médico del pueblo, una aldea aislada del mundo, dijo que ni en broma, que por aquello no pasaba, y a pesar de cuanto ideó mi madre y alguna amiga “experimentada”, aquí estoy señora. Soy el producto de un fracaso, y así es difícil andar por la vida.
Ana: Pobre Antonia. Cuánto tuviste que sufrir, sobre todo en tu niñez. Me figuro tus noches de terror.
Antonia: No pudieron conmigo. La cosa es que luego mi madre siempre ha sido buena conmigo, pero no logro quitarme de la cabeza que me quisiera matar. A veces me dan escalofríos de tan solo pensarlo.
Ana: Es natural, es natural. No puede ser de otra forma.
Antonia: Usted me dirá si no es para eso. Hay noches que no soy capaz ni de pegar un ojo, y lloro porque me doy pena. Sí, me compadezco de mí misma. Pero perdóneme que le cuente estas cosas que no tienen por qué importarle. Mi vida es mía y seguro que a nadie le importa lo más mínimo. Dispense mi metedura de pata.
Ana: Me interesa, y mucho, todo lo que te concierne. ¿Y qué sabes de tu padre? Ahora me doy cuenta de que nunca me has hablado de él.
Antonia: Mi padre huyó como un malhechor y jamás volvió al pueblo. No quería saber nada de mí, y en una ocasión devolvió la foto que le había mandado un amigo. La foto me la hicieron cuando cumplí dos años, y aunque por entonces yo era una niña bastante bonita, no le causó la menor impresión. Nos abandonó a mi madre y a mí de por vida, el muy canalla. Mi madre dice que era guapo, pero mi cabeza me dice que debía ser repugnante, así que mejor no encontrármelo en toda la vida.
Ana: Me da mucha tristeza todo lo que me cuentas. Te miro, Antonia, y me invade la pena. Tienes que sufrir mucho pensando en lo que contigo hicieron. Buen ejemplo, Antonia, para hacerme comprender que contra el delito, aunque lo legalicen de mil maneras, hay que luchar.
Antonia: Sí, pero la gente sigue a lo suyo, a su rollo, y es que el demonio enreda mucho y somos incapaces de quitárnoslo de encima.
Ana: Como me ocurre a mí, Yo quisiera tener el valor de hacer frente al mal, pero es que estoy ofuscada. Mi amor por Juan está por encima de todo, le quiero con locura y me temo que haré lo que me diga., aunque sea algo vergonzoso e indigno. A veces pienso que mi mente está secuestrada por un amor irracional, que me lleva al colmo del disparate.
Antonia: Y entonces yo tenía que haber muerto. Menuda manera de ver las cosas. Usted se contradice y no se aclara. Si yo le doy pena, poco se entiende que vaya a hacer lo mismo que mi madre, pero en este caso con éxito. Ahora no hay fallos que valgan, la que quiere abortar lo tiene asegurado. Pero bueno, haga usted lo que le venga en gana, pero, por favor, evite el cinismo de apiadarse de mí. No lo necesito.
Ana: Perdóname Antonia. Tienes toda la razón. Déjame razonar. Mi cabeza es un torbellino. Soy consciente de que mi cerebro no me pide semejante maldad. Siento un confuso sentimiento de culpa.
(Suena el timbre de la puerta del piso. Ana abre la puerta. Antonia se retira.)
Ana: Ah, eres tú, Julia, me alegra verte. Ya sabía que vendrías y te lo agradezco mucho. Eres muy buena amiga.
Julia: Pasaba por aquí, y como recordaba que hoy tenías medico, he subido para saber como te fue. Tu aspecto es bueno y te noto tranquila. Menos mal. ¿Cómo estáis?
Ana: Juan y yo bien. Bueno, es un decir; bien, bien, quién está. Las cosas andan de mal en peor. Es mejor no escuchar la radio ni ver la televisión. Nos acechan males por todas partes. Parece que el mundo estuviera loco. Oír las noticias es lo más deprimente que hay, y, si son las nacionales, es para echarse a llorar. Qué cúmulo de despropósitos y salvajadas, y es que la incultura se hace dueña de la sociedad con toda su crueldad.
Julia: Pero es lógico. Donde hay más de cuarenta y tres millones de habitantes tiene que pasar de todo. Pero también es verdad que hay que poner un límite. La tolerancia no conduce más que a un mayor salvajismo.
Ana: Lo cierto es que todos los días te desayunas con alguna barbaridad, y cada día peor. Estarás enterada del notición de hoy que, si te digo la verdad, me ha afectado muy seriamente.
Julia: Pues no, pero cuéntame lo que ha pasado.
Ana: Esta madrugada encontraron a un bebé en un cubo de basura, cuando lo iban a vaciar en el camión triturador. El conductor oyó un gemido prolongado y estremecido por el horror salvó al bebé de ser descuartizado y reducido a polvo. Qué espanto y qué mala bestia la madre, además de tonta. Si ahora la pillan, irá derechita a la cárcel que es lo que se merece, cuando si hubiera hecho a su tiempo las cosas bien, pudo haber abortado y su hijo hubiera ido legalmente al basurero y ella, pobrecita, a reponerse, eso sí, pagando un montón de euros, porque el negocio hay que mantenerlo.
Julia: Por favor; qué cosas dices. Cualquiera que te oiga Ana, creerá que estás mal de la cabeza. No tiene sentido hablar así. Esa historia monstruosa no tiene nada que ver con nosotras. Esa mujer merece ir a la cárcel de por vida. Verdaderamente es espantoso.
Ana: No, no ironizo, Julia. Esa legalidad fue tu camino, te guste o no, y ahora será el mío, si no hay remedio, que me temo que no. En todo caso, bajo la mirada tolerante de gran parte de la sociedad que consiente, sin inmutarse, estos crímenes.
Julia: Pero qué tonterías dices, y no tienes derecho a insultarme. Me has ofendido gravemente. No sabes lo que eres capaz de discurrir. Da gusto ver como simplificas las cosas sin razón; eres masoquista Ana, y parece que disfrutaras con tus locuras. Yo interrumpí mi embarazo, porque mi salud mental así lo exigía, y no cometí ningún delito y me remito al código penal. Supongo que no me vas a contradecir, porque hasta ahí podíamos llegar, y lo menos que puedes hacer es pedirme disculpas.
Ana: Bueno Julia, es difícil evitar la discusión, pero en ningún caso quiero ser desconsiderada contigo, y , desde luego, te pido que me perdones. Comprendo que estoy muy alterada. En realidad, me has cogido de casualidad. Acabo de entrar por la puerta. Como ves, no me he quitado el abrigo. Te iba a telefonear, ahora mismo, para darte las gracias por haberme recomendado a tu médico que me ha causado buena impresión, a pesar de lo muy desagradable del asunto. Tenías que ver el ambiente que había en la clínica.
Julia: Supongo que el normal en estos casos.
Ana: Tantas mujeres estábamos allí, que hasta la simpática enfermera, o lo que fuera, nos dio un número para guardar el turno. No sabes lo que era aquello. Mujeres, jovencitas y niñas. Pensé en escapar de allí, pero aguanté, qué remedio, aunque a la salida, ya en la calle, vomité en el primer árbol que encontré. Créeme que todavía siento náuseas. Aquellas mujeres me recordaban a los que conducen los cerdos al matadero, pero Julia, lo que ellas llevaban eran niños, sus propios hijos.
Julia: De verdad que me dejas de piedra. Eres increíble y resulta casi un tormento oírte. Siento lo que me cuentas y lo que has sufrido, pero no seas pesada. Por favor, créeme que no es para tanto. De cualquier cosa haces un mundo .No ves nada más que lo negativo. Piensa en lo liberada que te vas a sentir. Volverás a tu vida normal y todo quedará en una anécdota para olvidar. Pero, por último, decide lo que quieras, es una cuestión tuya.
(volver al principio)
Ana: Me extraña que digas que no es para tanto. Oye, para mí sí lo es, desde luego que sí.
Julia: Pues bueno, lo que tu digas. Te repito que es un asunto personal tuyo y, por consiguiente, la valoración la haces tú.
Ana: El médico estuvo amable y me parece que, efectivamente, sabe lo que hace y que está especializado en lo que llaman la interrupción del embarazo. Menuda hipocresía. Tienen miedo a decir aborto provocado, como si de esta manera pudieran engañar a alguien. Como te he dicho, hay cola. Debemos ser muchas las que padecemos de profundos problemas psíquicos. Imagínate. Noventa mil el año pasado en España. Menuda pasada.
Julia: Pero no hay que darle importancia. En la sociedad moderna es cosa de todos los días, aquí y en muchos otros países. Hay que acostumbrarse.
Ana: Pues no estoy de acuerdo contigo, y pienso que el Ministerio de Sanidad debería de hacerse cargo de todos los gastos, pues esto, querida Julia, es una auténtica epidemia. En fin, como las apariencias hay que guardarlas, me revisó, me hizo una ecografía y me dijo que el niño, bueno, que el feto estaba bien y que no habría ningún problema. Yo le dije que qué importaba que el feto estuviera bien o mal, si en definitiva su destino estaba ya marcado.
Julia: Estás tan desagradable, en contra de lo que es tu buen carácter, que me figuro que el pobre médico se quedó desarmado.
Ana: Se hizo el que no había oído y me dijo, con la mejor de sus sonrisas: “No se preocupe, en un momento sacamos esto y dentro de veinticuatro horas está como nueva para recomponer su estado de ánimo”. Lo cierto es que todo esto es una farsa. Me sentó como una patada en el estómago. Pero bueno, estoy bastante tranquila. A ti te fue muy bien, pues igual será conmigo.
Julia: Sin duda mujer. Todo irá bien. Es cuestión de tener un poco de paciencia. Bueno, te dejo. Como de costumbre, todavía tengo algunas cosas que comprar. ¡Ah!, me olvidaba decirte que ayer nos compramos el cochazo que tanto deseaba. Al final Pedro se decidió, más que nada por complacerme. No sabes lo mucho que quería poder conducir un coche así. Era mi meta. Ahora habrá que pensar en algo nuevo, porque nuestra sociedad del bienestar ofrece muchas cosas bonitas. Suerte de vivir en esta época. Adiós Ana, y, por favor, mucha tranquilidad. No te dejes llevar por los nervios.
Ana: Sí, voy a llamar a Juan que, se me ocurre, estará algo intranquilo. Adiós, Julia. De nuevo te pido disculpas, y créeme que soy consciente de haber dicho cosas que no debiera. Espero que nos veamos pronto.
Julia: Cuando quieras. Pedro me dijo que había quedado con Juan en vernos un día de esta semana.
Ana: Estupendo. Entonces, hasta muy pronto.
(Ana se quita, entre seria y descompuesta, el abrigo, que deja sobre una silla, y coge el teléfono para llamar a Juan, su pareja.)
Ana: Hola Juan. Hace un rato que he vuelto de ver al médico. (Pausa, escucha a Juan.) Sí, todo bien. Ya me lo decías tú. No hay de que preocuparse, claro que la intervención la sufriré yo. (Pausa, escucha a Juan.) Sí, claro, espero que sea menos traumática que un parto, aunque aquí no hay premio, pero bueno, ya hemos hablado de esto. Según la ecografía el feto está muy bien. Por cierto, el doctor me dijo que era una pena que no hubiera hecho uso, en su momento, de la píldora del día después, de la que se vendieron en España más de 500.000 el año pasado y que es abortiva, o de otra que se llama RU - 486 que es muy eficaz para embarazos de hasta 7 y 9 semanas. Por lo visto es una hormona sintética que impide el mantenimiento del embarazo. (Pausa, escucha a Juan.) Si, yo ya sabía de todo esto, pero preferí parecer ignorante antes que tonta. Pero bueno, los errores se pagan, Juan, aunque para mí lo único que hubo fue un sincero amor, el que nos juramos tener siempre. Bueno, ya hablaremos. Ah, sí, me dijo que le parecía que era un niño. (Pausa, escucha a Juan.) ¿Por qué dices que no tenía que habérmelo dicho? Pero si es verdad, Juan, por más que nos duela, es la verdad pura y simple. Nos guste o no, sería nuestro hijo, mi bebé, o no lo sabré yo. Anda, no te sofoques. Qué poco coherente eres. Tan cerebral para muchas cosas, pero a veces las verdades te duelen y no razonas, por más que protestes. (Pausa, escucha a Juan.) Bueno, bueno, deja de decir tonterías. (Pausa, escucha a Juan.) Que te calles de una vez, hombre. (Pausa, escucha a Juan.) Sí, me molesta oírte hablar así. Bueno anda, ven pronto. No tardes.
(Ana cuelga el teléfono y se deja caer en un sofá, cierra los ojos, y adormilada parece escuchar la voz de un niño.)
Quería ver la luz del sol.
La cara alegre de mis padres, al verme por primera vez.
Sus ojos de felicidad, sus besos, sus mimos.
Yo era su bebé, debía ser lo más querido.
Soñé con los suaves labios de mamá en mis mejillas.
Eran besos de ternura y amor inmenso, mientras me apretaba con calor sobre su pecho.
Y me cantaba canciones, para que en sus brazos pudiera dormir mejor.
Pensé que jugaría con mis amiguitos, haciendo castillos con la arena de la playa.
Y, también, que escucharía el amanecer de los pajaritos, que me recitaban poesías de amor.
Con mis padres iría a coger preciosas flores de mil colores.
Y a dar gracias al Señor, que me concedía, por mis padres, la dicha de toda una eternidad feliz.
Pero ya nada de esto podrá ser realidad. ¿Qué culpa tengo yo?
Creí que el vientre de mi madre sería mi fortaleza.
Allí estaría cuidado y protegido mientras crecía.
Pero estaba muy equivocado, era mi prisión.
El pasillo de la muerte, donde ahora estoy. Y yo soy inocente.
Señor, no me abandones. Llévame contigo.
Cuando acaben conmigo, cuando me quiten la vida,
Condúceme Señor a tu lado, con mi alma inmortal.
(Ana se levanta de un salto, con la expresión descompuesta. Está asustada. Llama a Antonia.)
Ana: Antonia, ¿puedes venir?. Me siento mal, estoy agotada, me he quedado dormida, hasta he soñado; sí, era la voz de un niño, y me acusaba, me acusaba, tal vez era la voz de mi conciencia, tan frágil que no me rige. Mi subconsciente, que me acusa de no tener escrúpulos.
Antonia: Pues hay que tener conciencia, porque si no, de tanto pasar, se hace una insensible y conformista, y acaba vendiendo su alma al diablo.
Ana: Si hubieras visto al rufián del médico. Dios mío, ¡qué desgraciado! A tantos euros el aborto y que pase la siguiente. Menudo negocio.
Antonia: Sí que debe serlo. La especialidad de abortero debe dar mucha pasta, teniendo en cuenta la cantidad de mujeres que diariamente pasa por esa clínica que, según me dicen, se ha hecho muy famosa.
Ana: Me dijo: “En un momento sacamos esto”, el feto. Esto, el feto, es mi hijo, mi bebé. Lo vi bien claro en la ecografía. Es mi hijo, al que ahora ya siento, y que en pocos meses estaría en mis brazos. Pero bueno, Juan no piensa así ni quiere reflexionar. Ya lo sabes. Es un egoísta, pero no quiero perder su amor. Está obcecado y cada día me siento más secuestrada por su mente. Ya no discurro por mi misma. Está empeñado en que todavía no es tiempo para tener hijos. No estaba previsto. Primero tenemos que casarnos.
Antonia: Pues todavía están a tiempo. Se arreglan los papeles y a otra cosa.
Ana: No es tan sencillo, ni mucho menos. Es cierto que habíamos programado no tener hijos antes de casarnos, pero una vez embarazada las circunstancias ya son otras. Esto es lo que Juan no quiere comprender. Lo que sí es evidente es que para casarnos tenemos que estar seguros de que nuestro amor es auténtico y firme. También le duele que no hemos terminado de pagar la hipoteca del piso, que va para largo, las letras del coche, que hay que cambiarlo ya por otro mejor, y un tonto descuido no puede arruinar nuestro futuro ideado, aunque nuestro amor se está marchitando, y no sé si después de todo esto no morirá.
(volver al principio)
Antonia: Yo no tendría tantos problemas. Ustedes necesitan un montón de cosas para decidir casarse. No puedo relacionar la hipoteca de un piso con tener un bebé en los brazos. Madre mía, que son ustedes complicados. Ya me las arreglaría, porque digo yo que lo primero es lo primero, y si me gusta un tío y me voy con él, no será para que me lleve al cine; esto lo puedo hacer sola. Será para tener un hijo que me pueda dar la alegría de ser madre, y que yo le dedique el amor que a mi me faltó.
Ana: Qué bien te entiendo. Quisiera que tus palabras fueran las mías. Todo lo que me ocurre me parece absurdo y horrible. Mis padres, Antonia, no lo entenderán. Para ellos, como para mis abuelos, el aborto es un crimen, y les comprendo, claro, aunque como dice Juan, son de otra época. Se cargaban de hijos y sacrificaban sus vidas. Entonces no había bienestar. La sociedad de consumo no existía, era una sociedad reprimida; la moral extorsionaba las mentes. Tampoco era fácil tener un coche, nevera, lavadora, televisión, pero seguro que vivían más felices y gozaban de sus nietos, de mí, que siempre me han querido con locura. Me dieron mucha felicidad. Aquella vida en familia de verdad que me hace sentir una gran nostalgia, y eso que carecíamos de muchas cosas.
Antonia: Pues no me lo parece, aunque si que comprendo muy bien lo que dice, a pesar de que mi vida en el pueblo fue muy dura, pero siempre había una mirada de cariño o de pena, no lo sé. Nuestra pobreza era grande, pero con un pedazo de pan y poco más, sentados al lado de la chimenea, nos sentíamos muy felices.
Ana: Qué quieres que te diga, Antonia. Estoy medio trastornada, me siento mal, los nervios no me dejan vivir, es una pesadilla, pero bueno, soy una boba. Sí, más adelante ya vendrán, si es que nos casamos, pero claro, éste ya está aquí, me llama, lo siento, y no es un pedazo de carne. Desgraciado de médico, es mi hijo, porque realmente es mi hijo. Esto es delirante. Dios mío, qué desastre y qué vergüenza. Sí, siento que se me cae la cara de vergüenza y qué manera de mentir.
Antonia: Si le cae la cara de vergüenza por mentir, lleva buen camino.
Ana: Nunca creí que sería capaz de tanta falsedad. Doctor, no me siento bien. No soy capaz de continuar el embarazo. Así le decía a ese cirujano asesino, desprestigio de una profesión dignísima, que me convencía de mi acertada decisión..
Antonia: Pues sí, no parece lo más apropiado.
Ana: Fíjate Antonia, hay miles de médicos que luchan y se sacrifican por la salud de la gente, por la vida de las personas. Algunos son como los misioneros. Abandonan todo por atender a la gente. ¿Cómo se entiende que éste haga lo contrario? En lugar de curar, lo que hace es matar.
Antonia: Tenía que aprender del médico de mi pueblo. Ya le conté. Puso a mi madre de patitas en la calle. No dudó en ser un hombre cabal y un médico honrado.
Ana: Y yo sufro el dolor de la espantosa realidad que me rodea, por defender mi vida, qué tristeza, mi vida de pareja de hecho, que es como ahora nos llaman.
Antonia: En mi pueblo, cuando sucedía algo así, decían que se habían ajuntado. Eso de pareja de hecho me suena a cachondeo, con perdón.
Ana: En realidad, soy peor, mucho peor que el desaprensivo del médico. Señora, son tantos euros la interrupción del embarazo. Pues bien, será el ejecutor de mi crimen, criminal como yo, cobrará su salario, y como legalmente no hay inconveniente, pues, pobre de mi, psicológicamente no estoy en condiciones para tener mi hijo, pues aquí no pasó nada y a vivir. ¡Qué barbaridad! Todo legal. El crimen perfecto. Todo muy sofisticado y fabricado como en las películas de terror. Eso sí, con el triunfo de los perversos.
Antonia: Por favor, tranquilícese. Necesita ver este episodio de su vida con sosiego. Recuerde que yo fui un proyecto de aborto frustrado y, sin embargo, aquí estoy. Cada día creo más en Dios y tiene usted razón; hay personas que están inspiradas por el mismo demonio. ¿Cómo se entiende que quisieran deshacerse de mí? Difícil de entender. Nada de malo he traído yo a este mundo. Si me quiere creer, le aseguro que he dado más que recibido. Me parece que llega Juan.
(Ana se echa a llorar, muy compungida y nerviosa, cuando entra Juan. Viene cansado del trabajo, y se le ve molesto de encontrar a Ana en tan mal estado de ánimo. Juan besa en la frente a Ana, y saluda a Antonia, que les deja solos.)
Juan: Estamos buenos .Me lo estaba temiendo. No te preocupes, tonta. Ya te lo ha dicho el doctor. No hay ningún problema. Será un mal rato y nada más. Y luego, de nuevo la alegría, porque tú eres muy alegre. Todos los amigos celebran tu simpatía. Lo celebraremos como se merece. Nos iremos unos días a descansar por ahí, a olvidar este mal momento que nos servirá de advertencia.
Ana: Celebrar dices. No será tan fácil olvidar, ni mucho menos. Dudo que vuelva a ser la misma, y te lo digo con toda sinceridad.
Juan: Mira Ana, tienes que estar contenta. Ya vendrá el hijo cuando lo decidamos. De eso puedes estar segura. Ahora no hay más que un feto, un... no sé como decirte. Es un problema biológico donde no tenemos que entrar. Allá los sabios y los que legislan, y nosotros tranquilos y a olvidar esta pesadilla.
Ana: Sí, los sabios y los que legislan. Qué poca vergüenza tienen algunos, pero recuerda a Juan Pablo II, a quien tanto querías, y haz memoria de lo que dijo y tantas veces repitió. El aborto provocado es el crimen más abominable que puede darse, dijo e insistía en la frase hasta que todo el mundo se enteró, y nosotros tan frescos. Tenemos que creerle, Juan, porque somos cristianos, fuimos bautizados, y aunque mucho no practiquemos, somos creyentes.
Juan: Lo que nos faltaba. El Papa. Estamos listos. Qué fácil hablar como lo hizo él. Los curas y las monjas no entienden este problema que, por lo demás, poco les incumbe. Precisamente ellos, que ni tienen ni piensan tener hijos, vienen a pontificar. No tienen razón y sí nuestros legisladores.
Ana: Me cuesta creer que pondrías las manos sobre el fuego defendiendo la opinión de nuestros legisladores.
Juan: De verdad, Ana. Nuestro caso está contemplado en nuestras leyes, que son las que nos valen, a las que nos debemos, las queridas y aceptadas por los que nos representan. La mayor parte admite, de una forma u otra, la interrupción del embarazo, como en los países civilizados, incluida Italia, a pesar de estar el Papa en Roma, y nosotros no hacemos más que actuar conforme a un derecho que nos corresponde; y el Papa, los Obispos, los curas y las monjas, que se vayan a decir misa y que nos dejen vivir en paz. Ya nos tienen hartos. Que se metan en sus cosas, que seguro que tienen mucho que hacer.
Ana: Tus palabras suenan a blasfemias. No se puede decir más barbaridades en menos tiempo. Has batido tu propio récord. Todos esos personajillos que ahora tanto alabas, son los nuevos paganos; abandonaron el cristianismo, aunque algunos, y hay que tener valor, se siguen llamando así, y les horroriza el porvenir, aunque no lo digan. Lo que programan va contra la ley natural, contra la moral y la ética, y, ten por seguro, que cuando lleguen al final del camino, no les quedará más que pedir perdón a los millones de bebés mártires. Fueron responsables de las mayores matanzas de la Historia.
Juan: Hablas de una manera que a cualquiera le metes miedo en el cuerpo, pero estás totalmente equivocada. No tienes ni idea de lo que dices.
Ana: Anda, Juan, no te excites, te lo pido por favor, ni digas atrocidades en las que no crees, por más que insistas. Te conozco muy bien y me asombra las cosas que dices.
(volver al principio)
Juan: Pero cómo no me voy a irritar. ¿Dónde están esos niños mártires? Te vuelvo a repetir que no tenemos autoridad ninguna para meternos en asuntos que no nos conciernen.
Ana: Eres demasiado inteligente para no comprender, pero has cerrado tu corazón a cal y canto. Juan, mírame a la cara, yo vi a nuestro hijo en la ecografía, y está vivo, entiéndeme bien. Está vivo, como tú y como yo. Hagamos lo que queramos, que para eso somos libres, pero tengamos el valor de admitir lo que hasta el más torpe de los mortales acepta, por poca buena fe que tenga.
Juan: Hay muchas maneras de ver las cosas y siento que no estemos de acuerdo, al menos en este momento.
Ana: Tú sabes bien, Juan, que nadie puede justificar el matar al pobre bebé inocente, y que convertir un delito en derecho es muestra inequívoca de la decadencia de nuestra civilización. Además, dejémonos de historias. Hoy en día, con los avances de la ciencia, se sabe, con absoluta certeza, que la vida comienza en el momento de la concepción, así que, por favor, no seamos hipócritas. Engañarnos sería una estupidez. Veo que no me respondes nada. Sí, es preferible que te calles.
(Ana ve algo por la ventana, y llama con un gesto a Juan.)
Ana: Mira Juan, ven, ven. Fíjate en esa pobre mujer. Con su bebé en brazos y un pequeñín de la mano. Es muy pobre, se ve que es muy pobre, debe estar muy necesitada, pero fíjate en su cara alegre y orgullosa. Está feliz con sus hijos. Mírala, mírala. Date cuenta Juan. Su coche son sus pies, pero va segura por su camino con la cara iluminada de amor, de amor de madre.
Juan: Pobre desgraciada. De verdad que me da pena. Es la incultura que todavía somete a tanta gente. No les ha llegado el progreso, no saben nada de la sociedad del bienestar, que es la nuestra, la que queremos, porque luego no hay nada. Viven como si aquí no hubiera pasado nada en estos últimos treinta años. No tendrán ni que comer. Pasarán frío. Eso no es vivir, pobre mujerzuela, y así hasta que se muera. No le queda más que el llanto como consuelo.
Ana: No, Juan. Estás equivocado. Su aspecto no es el de una desgraciada. Su poder son sus hijos. Su encanto, su belleza, está en que rebosa felicidad, y no te olvides de que Dios ayuda. Ya sé que para los progresistas no existe Dios, lástima fuera, pero se equivocan, y Dios ayuda.
Juan: Bueno, dejemos esta historia que poco nos importa. Vamos a comer algo rápido, porque tengo que salir pronto. Tengo mucho trabajo. La verdad es que no esperaba encontrarte tan deprimida, tan sentimental y tan fuera de razón. Tómate un tranquilizante y piensa que las cosas no son buenas o malas, sino lo que uno quiere que sean. Todo es relativo, y hay que respetar cualquier opinión aunque nos parezca equivocada. Lo que nosotros decidimos es lo que vale, y nadie puede inmiscuirse en lo que concierne a nuestra libertad.
Ana: Eso es. Por lo tanto, si decidimos que está lloviendo, aunque luzca el sol y no caiga una gota de agua, es que está lloviendo y, desde luego, que nadie nos lo discuta. Valiente filosofía esa del relativismo barato. Ya me dirás quién fue el genio que descubrió tamaña estupidez.
Juan: Pues aunque a ti te parezca una tontería, la gente de hoy vive bajo esas premisas, libremente aceptadas.
Ana: Pues que bien. Así nos luce el pelo. Mira Juan, mejor almuerza solo. Es pronto para mí. Estoy muy cansada. La asistenta ha dejado la comida preparada. Espero que te guste y, de verdad, perdona que no te acompañe.
Juan: Como quieras, no te preocupes.
(Sale de la sala a la cocina que no se ve. Ana se deja caer de nuevo en el sofá, cierra los ojos y dormita, mientras escucha los versos últimos. Ana repite con dificultad la última estrofa.)
Creí que el vientre de mi madre sería mi fortaleza.
Allí estaría cuidado y protegido mientras crecía.
Pero estaba muy equivocado, era mi prisión.
El pasillo de la muerte, donde ahora estoy. Y yo soy inocente.
Señor, no me abandones. Llévame contigo.
Cuando acaben conmigo, cuando me quiten la vida,
Condúceme Señor a tu lado, con mi alma inmortal.
(Entra Juan.)
Juan: Bueno, me marcho, y alegra esa cara, mujer. La verdad es que a veces me aburres con tantos remilgos. Anímate. Mira el presente con alegría y convéncete de que ahora no nos falta nada y menos un niño. No hay razón para no estar alegres. Hay que mirar más para uno mismo, que la vida es corta.
Ana: Y tan corta, Juan. Para millones de los más pequeños e indefensos, cortísima.
Juan: Prefiero no entenderte. Pero bueno, el sábado iremos a la sierra y el domingo, ya sabes, a cenar por ahí con los amigos. A vivir, a vivir, que son dos días. Y si hay que pasar algún mal trago, se pasa y en paz.
Ana: (Acompaña a Juan a la puerta.) Me asusta oírte hablar. Cuántas tonterías, Juan. No me pareces aquel Juan que un día conocí. Entonces eras más bueno y sensible. Ayudabas a los pobres, y a sus hijos les llevabas juguetes y jugabas con ellos. Algún demonio te ha robado el corazón. (Juan la mira y calla.) Cuando veías a un niño pobre se te saltaban las lágrimas. Pero Juan, no te preocupes, te quiero, y si enloqueces yo iré de tu mano hasta el final, cualquiera que éste sea. De esto tienes mi promesa, aunque me condene. Pero has perdido la cabeza y yo quiero que la recuperes para seguir el camino correcto, el único que existe y da felicidad, el camino de la verdad.
Juan: Hoy estás sembrada, Ana. Pero bueno, espero que entres en razón y abandones ese sentimentalismo de novela barata.
Ana: Por cierto, no te olvides de que a última hora vendrán Julia y Pedro. Por fin se compraron su gran coche. Según Julia era su meta. Ya puede dormir feliz. No me explico como puede ser tan tonta.
Juan: Sí, la pobre no ha descubierto la pólvora, pero es buena chica.
Ana: Ya sabes que mañana por la tarde vendrá mi hermano José. Quiere hablar seriamente con nosotros. Me ha dicho que nos quiere sacar del error en que estamos. Para él vamos a cometer una grave equivocación de la que no hay retorno. Como hermano, está preocupado, y a mí me conmueve su interés por ayudarme, por echarme una mano.
Juan: El bueno de José. Sabes que yo también le aprecio, pero qué pesado es. Menudo hermanito que te gastas. Seguro que vendrá a echarnos un sermón.
Ana: Hombre no, es muy educado y en su ánimo no está el herir los sentimientos ajenos, aunque siempre diga lo que piensa.
Juan: Si, pero no sabe respetar a los demás. Que haga de su vida lo que quiera, pero no tiene derecho a intervenir en nuestra vida. Pero ya le diré yo cuatro cosas, si es que viene con la intención de sacarme de mis casillas. No estoy yo para muchas bromas. (Juan va hacia la puerta de entrada, con cara de amargura, mientras dice a su mujer.) Bueno Ana, hasta luego. Hazlo por mí, que sabes lo mucho que te quiero. Hazme caso y no te dejes llevar por tu loca imaginación. Te repito: ¿Tú crees que iban a dormir tan tranquilos muchos de nuestros políticos? Porque algunos quieren más aborto, otros quieren dejarlo como está, los hay indiferentes y poquitos son los que se oponen. Si fuera cierto aquello de crimen abominable, qué pasa ¿que son unos infanticidas, cuando según proclaman son unos virtuosos de los derechos humanos? Es para morirse de risa. Anda, hasta luego.
Ana: (Ya sola.) No sé lo que son, ni me importa, aunque es fácil imaginarlo. Lo que si sé, es que algo muy mío está viviendo. No hace falta que nadie me lo diga. Lo sé yo. Lo siento. Soy su madre. No es un intruso y me necesita. Pobre ángel, nadie te quiere, pero tu madre, tu mamá,,, hace un rato una voz de niño me ha vuelto a hablar. Ya no puedo dormir y menos soñar. (Se echa a llorar, mientras cae el telón.)
(volver al principio)
Acto Segundo
(Llegan Julia y Pedro, de la misma edad aproximada de Ana y Juan. Ella, frívola y dicharachera. Él, serio y en tensión. Ana abre la puerta.)
Ana: Hola. Qué alegría veros.¿Cómo estáis? (Mientras besa a Julia y a Pedro.)
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Juan: Bienvenidos los amigos. Cuánto tiempo sin verte, Pedro. Estáis estupendos. La buena vida. (Se ríe, besa a Julia y abraza a Pedro.) La semana pasada en París, no está mal, y la anterior en la playa, en Santo Domingo. Además os habéis comprado un coche precioso. Así da gusto. Lo principal es vivir bien, vosotros lo entendéis.
Pedro: Eres demasiado amable. Lo de la buena vida y el etcétera se agradece como todo lo dicho por ti, pero, aunque fuera cierto, es un camelo que en nada mejora mi vida. Ya puedes estar en las Bahamas, con todos sus atractivos, que lo esencial, lo importante de tu vida, se te fija delante de la vista para que no te olvides de la razón de tu existencia.
Julia: Como veis, mi marido se ha hecho un filósofo al que no hay que hacerle mucho caso. Estoy con lo que dice Juan. Tienes toda la razón. Hay que vivir, vivir, sin privarse de nada, sobre todo ahora que somos muy jóvenes, y tú, Ana, la primera. Joven, bonita, y te falta ser rica, pero ya llegará. El día menos pensado salen adelante los proyectos de Juan y no te quiero contar.
Juan: Dios te oiga, pero todo está muy difícil, aunque se intentará. A ver si hay suerte y entonces me voy a las Bahamas a comprobar que Pedro está equivocado.
Ana: Me temo que te equivocas, Julia, pero no viene mal escuchar frases cariñosas. Ahora, la que tiene un nuevo coche eres tú, así que ya me dirás cuando me llevas a dar un paseo.
Julia: Cuando quieras, me tienes a tu disposición. Si quieres, hasta te lo presto para que te des el gustazo.
(Ana se dirige a Julia, después de los saludos cordiales de las dos parejas.)
Ana: Si me acompañas, preparamos el té. Ayer compré unas pastas que espero os gusten.
Julia: Seguro que sí, con lo golosa que soy yo. (Las dos abandonan el cuarto de estar-salón, dejando solos a Juan y Pedro, que conversan.)
Juan: Me alegro que hayáis venido. Hacía tiempo que no nos veíamos, Pedro, y, aparte de la satisfacción de darte de nuevo un abrazo, la verdad es que hace falta animar a Ana que está muy alicaída. Como ya sabes por Julia, tiene que abortar. Hemos tomado esta decisión, que nos parece la más correcta en nuestra presente situación de vida. Vosotros habéis pasado por una experiencia semejante hace algún tiempo y podéis ser una gran ayuda, una magnífica referencia. Os lo pido como un gran favor.
Pedro: (Descompuesto.) La verdad es que no se que ayuda la podemos prestar. Es un tema escabroso, en el que no se puede fingir ni alimentar falsas esperanzas sobre un hecho que luego se va a convertir en un duro tormento.
Juan: No te entiendo bien. Vosotros sois muy felices.
Pedro: No lo creas Juan. Han pasado dos años y desde entonces voló mi felicidad. Te voy a ser muy sincero, muy sincero, Juan. No caigas en mi horrible pecado. Me siento endemoniado por aquella salvajada que hicimos. Debería estar en la cárcel. Mandé asesinar a mi hijo, ya era nuestro bebé. (Convulsionado y elevando la voz.) Cuando me dijo el doctor, supongo que ya millonario, que, si quería, pasara a ver el feto, vi a mi hijo, ya muerto, al que yo mandé asesinar, y que hasta entonces había estado muy bien protegido en el seno de su madre, de Julia, de Julia sí, de donde lo arrancamos y tiramos a la basura. ¡Qué espanto! Estaba indefenso. No se pudo defender y hasta gimió antes de morir. Su cuerpecito estaba destrozado. Así, con todo detalle, me lo contó una enfermera que también colaboró. ¡Es delirante! La madre le expulsó de su lado, de su amor. Le ultrajamos, le despreciamos, fuera de aquí, a la basura, al gran cementerio de los abortados, de los millones y millones de niños asesinados al año.
Juan: Te escucho y no me lo creo. ¿Te encuentras bien, Pedro?
Pedro: Sí, Juan, sí. Me encuentro mejor que nunca, porque ahora es cuando veo esta tragedia con claridad meridiana. Ya no trato de engañarme y afronto mi perversión con todas sus consecuencias.
Juan: Estás muy excitado y, si me lo permites, estás sacando las cosas de quicio.
(volver al principio)
Pedro: Escucha Juan. Estamos ante el más grande holocausto de la humanidad. Juan, la gran hipocresía del hombre, la enorme mentira, el terrorismo legalizado.
Juan: (Echando el brazo por encima del hombro de Pedro, más tranquilo.) Me estás asustando, Pedro. Pensaba encontrarte como siempre, como un hombre feliz, sin problemas, y mira por donde te veo desquiciado.
Pedro: Escucha Juan. Cuando Julia se hizo la primera ecografía, porque parecía que estaba embarazada, el niño ya existía, ya vivía. En ese momento ya había formado las vesículas cerebrales en el ensanchamiento de la cabeza, en la que iban a aparecer los ojos. Había formado el sistema nervioso, los pulmones, el intestino, el estómago y el corazón que ya latía. En ese primer control médico ya tenía labios, nariz, orejas, ojos, lo tenía todo, hasta las yemas de sus futuros dientes. Vivía Juan, vivía, y yo, por lo que hice, ya tampoco vivo. (Alzando la voz.) Ya que la justicia humana no existe, no hay cárcel para estos asesinos como yo, del gran crimen perfecto, amparado por buena parte de la sociedad y por las leyes, viviré mientras Dios lo disponga, con esta espantosa amargura, que esto Juan, créeme, no es vivir. La muerte sería un consuelo. Quiero desaparecer, ¿sabes? El infierno es poco para mí. Vivo entre el horror y la desesperación, porque además, y como puedes suponer, no hubo ninguna sorpresa para mí, pues estaba enterado de todo. La vida comienza en el momento de la concepción. Estoy manchado de sangre, de la sangre de mi hijo.
Juan: Pero qué estás diciendo, Pedro. No tienes razón. Me dejas confundido, abrumado, desconcertado, oyéndote hablar. No era así cuando fuimos a veros a la clínica. Estabas o parecías feliz. Recuerdo que me dijiste: estos listos que han regulado el aborto provocado sabían lo que se hacían con eso del trastorno mental de la mujer, que es un cajón de sastre donde cabe todo. Estabas exultante. Parecía que vuestra vida comenzaba de nuevo, llena de proyectos. Se había acabado el problema. Pero ya veo que ahora no es así. De verdad que me asusta oírte. Pero, ¿y Julia? Ella siempre ha dicho que estaba feliz. Estos días animaba a Ana con un sin fin de argumentos elementales e irrebatibles, tratando de ser positiva, a sabiendas de las dudas y vacilaciones de Ana.
Pedro: Ya sabes como es Julia. Es muy vacía, inconsciente, ignorante, nunca se pregunta nada y siempre tiene fórmulas para acallar su conciencia. Juan, tú eres cristiano…
Juan: (Interrumpiendo.) No, por favor, no me hables de los que no tienen que temer de situaciones como la nuestra. Estoy harto de escuchar monsergas del siglo pasado. Ahora todo es relativo, según el criterio de cada cual. Es la lógica de la modernidad, a la que yo, desde luego, pertenezco.
Pedro: También pensaba así el ex-abortista doctor Nathanson, con más de 75.000 abortos realizados en Estados Unidos. Todo un record. Hoy es un hombre arrepentido. Lee lo que ha escrito y te enterarás de lo que hoy ignoras. El gran negocio, Juan. Miles de millones de dólares, fruto de horrorosos crímenes, como son los millones de bebés asesinados. Lo denuncia el que en mayor medida se lucró.
Juan: Pero lo que me indigna es que siempre ande la religión de por medio.
Pedro: Te equivocas Juan. Poco pienso yo en la religión, ni tampoco en nuestro benévolo Código Penal. Pero acepta que Dios ha dispuesto una ley natural que está impresa en el hombre. No hay que ir a misa para saber que no se puede robar, ni matar. Lo sabían los hombres primitivos, por la misma razón que lo sabemos hoy. En el derecho romano se defendían ya los derechos del concebido y no nacido, y eso que la ciencia estaba en pañales al lado de todo lo definitivo que sabemos hoy. Sobre esto el hombre no necesita predicamento. Muchos ateos y agnósticos están a favor de la vida y en contra del aborto provocado, porque no se puede negar la evidencia. La persona existe desde el momento de la concepción, y esto ya no es negado por nadie que tenga una brizna de talento y de buena fe.
(Entran Ana y Julia; llevan una bandeja con el té, tazas y platos, etc. Se sientan y sirven para los cuatro.)
Julia: No encuentro bien a Ana, Juan. Cuanto antes paséis esto, mejor. La veo muy deprimida. Desmejorada. No sé. ¿Qué te pasa Ana? Vamos, arriba el ánimo.
Ana: Es que tengo muchas dudas. Mi cabeza está confusa y mi corazón se inquieta. De mi salud mental que es excelente, decimos, en el colmo de la desfachatez, que no es la adecuada. Así lo reconoce tu médico, que ahora es el mío, que para eso cobra unos miles de euros. Todos nos confabulamos para que cuele, hermosa mentira, y ésa es la fórmula que adopta la mayor parte de las mujeres que deciden abortar, y viva nuestro justo Código Penal. Es el portón que dejaron abierto los legisladores abortistas... (Interrumpe Pedro.)
Pedro: Y dejémonos de historias, nada de interrupción del embarazo. ¡Qué sutileza! Asesinato, asesinato es la palabra. Uno de cada tres embarazos en el mundo acaba en aborto provocado. Según las estadísticas más fiables, esta cifra significa 40 millones de abortos provocados al año, lo que dicho en plata, desde 1980 fueron asesinados 1.000 millones de niños. Mientras tanto, expertos del Parlamento Europeo consideran una amenaza para los derechos humanos la objeción de conciencia de muchos médicos a intervenir en estos abortos. El colmo del cinismo. Si es esa la Europa que nos espera, estamos aviados.
Julia: No seas animal, anda. Estas cosas no las decías antes. Pobre Ana, no estás emocionalmente preparada, y lo que queríamos, en realidad, era organizar nuestra vida a la mayor comodidad posible, y un hijo era un gasto y una molestia.
Pedro: Eso tiene poco que ver, para que ahora reconozcamos, al menos yo, el inmenso error y crimen cometido.
Julia: Bien hecha la aclaración, porque en mi nombre solo hablo yo, y lo que digo es que pertenecemos a la sociedad del bienestar y del progreso. Claro que sí. Somos progresistas, modernos, y así hay que decirlo sin hipocresía. Yo hago lo que me conviene, pues soy una persona libre, y, desde luego, sobre mi cuerpo mando yo. Ahora nos quieren abrumar a las mujeres con no se que historias del código genético del embrión, que hace a la persona única y distinta de la madre, pero, y aún así, tengo muy claro que es la mujer la que decide si hay niño o no. ¡Lástima fuera! Lo primero soy yo. Y repito que sobre mi cuerpo mando exclusivamente yo.
Ana: Y ahora, después de dos años, ¿no pensáis en tener algún hijo?. Supongo que os sentiréis muy solos, por muy bien que os vayan las cosas. La vida de una pareja sin hijos puede llegar a ser muy aburrida, y el tiempo va pasando.
Julia: Sí, pero ahora no sé que pasa, pero no hay modo de que me quede embarazada. Según el médico, se trata de algo de tipo mental. Vete a saber. La verdad es que mi vida sentimental no tiene alegría ni ilusión, con perdón de Pedro que me sigue queriendo como siempre. No tengo ninguna queja de él. Al contrario, cada día es más cariñoso.
Pedro: Aquello fue una enorme mentira, bendecida por el médico. Ahora sí que hay una enfermedad verdadera y grave. Qué derecho tenemos a ser padres, cuando quitamos la vida a un hijo; y tendría dos años, sería el hermano mayor de haber tenido más hijos, e imagino su felicidad y la nuestra, pero le matamos. Le matamos. (Los cuatro se miran entre asombrados y con horror.)
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Acto Tercero
(Escenario el mismo. Ana y Juan trajinan, con evidente desasosiego, esperando al hermano de Ana, José. También está Antonia.)
Juan: Pedro y Julia me han dejado anoche sin dormir. Qué bárbaro, Pedro. Absolutamente irracional. La cantidad de tonterías que dijo, por no decir brutalidades. Qué exageraciones. Qué manera de meter a uno el miedo en el cuerpo. De verdad que me dejó sin dormir. Creía que venían a animarte, y ha sido todo lo contrario. A Pedro le tendría que ver un psiquiatra. Está trastornado. Él, un hombre tan razonable, cómo puede enloquecer de esa manera.
Ana: ¡Pobre Pedro! No te creas que no me ha afectado a mí también. Le comprendo muy bien, Juan, le comprendo muy bien. Sabes, los ojos los tengo bien abiertos y veo la verdad cada minuto que pasa, con más claridad. Pero no se trata de que lo vea yo, lo tienes que comprender tú también. De lo contrario, Juan, ¿qué sentido tendría nuestra vida en común?
Juan: ¡Pero qué me estás diciendo! Te oigo y me dejas asombrado. ¿Es acaso una amenaza? Si es así, no te lo consiento, estás muy equivocada. Todo tiene un límite.
(Suena la puerta, y Juan que está muy indignado abre la puerta al hermano de Ana, José, mientras Ana sale del salón hablando con Antonia.)
Juan: Hola, José. Nos encuentras en un día complicado. Nuestro estado de ánimo no es precisamente el mejor.
José: Vaya hombre, pues no parece que llegue en buen momento.
Juan: Verás, José. Desde que convivimos juntos Ana y yo, por primera vez parece que no nos entendemos. El dichoso embarazo está trastornando a Ana más de la cuenta. Nunca creí que pudiera afectarle tanto. Está realmente desquiciada.
José: ¿Qué ocurre Juan? Siempre se os ve tan felices, que me preocupan tus palabras. ¿Qué os pasa, Juan? Sería una pena que se rompiera vuestro mutuo amor, precisamente cuando ya tendríais que estar pensando en casaros.
Juan: Pues verás. Anoche vinieron nuestros amigos Pedro y Julia, ya los conoces. Yo pensé que vendrían a animar un poco a Ana, pero no fue así. Pedro está muy descentrado desde el aborto de Julia de hace dos años ¡Figúrate...! Ahora le ha dado por hacer de eso un verdadero mundo, cuando en su momento estaba de lo más feliz. Está desconocido, no sabes las cosas que dice. Total, que tenemos los nervios mal y estoy muy preocupado por Ana. Su estado anímico es malo, francamente malo. Está muy deprimida y eso que el médico le ha aclarado que saldrá todo bien, con una recuperación casi inmediata.
José: La comprendo. No podría ser de otra manera, pues hay que ser mala persona y perversa para rechazar a un hijo, y Ana no lo es. Y siento tener que hablar tan claro. Las cosas hay que decirlas como son, sin engaños ni tapujos. La lealtad al amigo obliga a ser así.
Juan: Oye, cuidado con lo que dices o das a entender, porque sería triste que nuestra amistad se fuera al diablo. No me insultes ni pongas en entredicho nuestras decisiones, porque ahí está la puerta... (Aparece Ana, con aspecto cansado y triste.)
Ana: Me alegro que hayas venido, José. Te estaba echando mucho de menos. Verás. Deseo tomar una decisión responsable y que sea la adecuada, siempre partiendo de que mi amor por Juan prevalecerá por encima de todo. Quiero escucharte José, quiero escucharte. Siempre has sido muy bueno y honesto y, sobre todo, hablas con el corazón en la mano. Siento que el mío está vacío, y necesito llenarlo de amor, de mucho amor, si es que me dejan.
Juan: Sí, hablemos, seamos sinceros, pero tranquilos, como amigos que somos. Vamos a sentarnos, anda.
José: ¿Qué es lo que piensas, Juan? Tú eres el padre.
Juan: (Interrumpiéndole.) Tanto como eso no. Un proyecto de padre, tal vez sí. Yo lo que siempre digo y repito es que la interrupción del embarazo está regulada en España como en otros muchos países y que, por consiguiente, no es un delito. Ante la sociedad no hacemos nada malo o condenable. Entonces, ¿por qué complicarnos la existencia?
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José: Hombre, no te olvides que legalidad y legitimidad no es lo mismo. No todo lo legal es legítimo. No debería ser así, pero con eso tenemos que vivir. Hay que ser consciente de ello, para no andar despistados. Ya me entiendes. Pero bueno, el tema es muy personal vuestro y muy cercano, por lo que se trata, de tener o no un hijo. Muchas veces las cosas no están bien reguladas y la sociedad acepta o calla, aunque bien conocemos las quejas y manifestaciones que se han producido. Y te insisto, Juan, en que no hay que confundir la legalidad con la legitimidad, la moral y la ética. Esto ha de quedar muy claro.
Juan: Te escucho con atención, pero ahora ten un poco de paciencia conmigo. Un día llegaron las libertades y todos pudimos respirar un aire nuevo y renovador. España se convirtió en un país distinto, progresista, avanzado, y como en tantas otras partes del mundo fue regulado el aborto, o para decirlo mejor, despenalizado en algunos supuestos el delito de aborto. La verdad, José, es que la salud de Ana se resintió al quedar embarazada.
José: El torpe y siniestro supuesto del legislador en nada tiene que ver con la leve indisposición de Ana, propia de cualquier mujer embarazada.
Juan: Será así, pero lo cierto es que nuestro esquema de futuro quedó afectado, ya que todavía no estamos casados. La situación económica tampoco es brillante. En definitiva, que un hijo es lo p